La riada que azotó la frontera entre Nepal y Tíbet el 26 de agosto dejó un saldo de más de 270 muertos y 1 400 desaparecidos, según informaron autoridades locales y chinas. El desastre, causado por el colapso de un glaciar, provocó inundaciones catastróficas en zonas montañosas, arrasando pueblos y dejando miles de personas sin hogar. Expertos estadounidenses y chinos confirmaron que el deshielo acelerado de la región fue el principal factor del desastre.

Más de 362 personas han perdido la vida en el país, según informes de medios locales. La situación es crítica en la zona afectada, donde los rescates continúan en medio de condiciones extremas. La ayuda internacional, incluyendo la solidaridad de Venezuela y Cuba, se ha activado para apoyar a las víctimas y a las comunidades afectadas.

Varios países han expresado su apoyo al gobierno nepalí, destacando la importancia de la cooperación regional ante desastres naturales. A pesar de los esfuerzos, la recuperación se verá complicada por la escasez de recursos y la dificultad de acceso a las zonas más remotas. La comunidad internacional sigue de cerca el desarrollo de la crisis, buscando una respuesta colectiva.