El miércoles pasado, un desprendimiento de glaciar en la frontera entre Nepal y la región autónoma del Tíbet (China) desencadenó una riada que arrasó zonas vecinas. Las autoridades reportaron inicialmente más de 550 muertos y casi 2.500 personas desaparecidas. Sin embargo, el número de víctimas fatales aumentó a 626 en Nepal y a 633 en conjunto con las cifras de China, que incluyen a casi 3.000 personas en paradero desconocido.

Equipos de rescate continúan en la zona, aunque las condiciones son extremas y el riesgo de nuevas riadas persiste. En el Tíbet, las labores de búsqueda se desarrollan con dificultades debido a la falta de infraestructura y al clima hostil. Algunas familias lograron sobrevivir tras quedar atrapadas en sus hogares, según testimonios y videos difundidos.

Españoles y otros ciudadanos extranjeros también se vieron afectados. Dos de los tres españoles desaparecidos en el incidente fueron localizados, según informes recientes. La comunidad internacional ha expresado su preocupación y solidaridad, con algunos países como Cuba manifestando condolencias por los desastres naturales.

La situación sigue siendo crítica, con el miedo a que nuevas tormentas o desprendimientos puedan agravar el desastre. La ayuda humanitaria se mantiene en curso, pero la escasez de recursos y la dificultad de acceso a la zona complican los esfuerzos de rescate.